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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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SERGIO ESTEBAN VÈLEZ 

El Mundo, 12 de septiembre de 2008
  
   
Félix Ángel recopila las consideraciones de los principales artistas del Medellín de los años 70, acerca de cómo ha devenido su trabajo y de cómo han cambiado las vertientes artísticas y culturales.
 
 
Desde que el artista antioqueño Félix Ángel publicó, en 1976, “Nosotros, un trabajo sobre los artistas antioqueños”, nadie se había preocupado por ahondar en una exhaustiva investigación y por sentarse a escribir un libro acerca de esos creadores sobresalientes de los años 70, que vivieron un periodo de transición decisivo en la historia de nuestras Artes, que le abrió a nuestra patria el panorama del Arte Contemporáneo.
Motivado por la angustia de pensar que los jóvenes no tendrían acceso a la memoria del arte de aquel momento, Ángel decide complementar ese primer libro con una “segunda parte”, “Nosotros, vosotros, ellos”, en la cual profundiza en el ambiente artístico de su generación, mediante inteligentes y sagaces entrevistas a algunos de sus colegas más destacados, como Dora Ramírez, Marta Elena Vélez, Ethel Gilmour, Rodrigo Callejas, Ronny Vayda, Alberto Uribe, Álvaro Marín, Aníbal Vallejo, Humberto Echavarría, Hugo Zapata, Germán Botero (y algunos ya fallecidos), además de otros personajes que, pese a no ser artistas, jugaron un papel determinante en la evolución de las artes antioqueñas de aquel momento. 
Con edición de lujo, a todo color, de Tragaluz Editores, y prólogo del eminente historiador Álvaro Tirado Mejía, este nuevo libro ha ganado el elogio de los conocedores y críticos, que ya  lo están considerando como uno de los principales libros de Arte que se han publicado en el país.
El contexto común de los entrevistados es el de los años 70, período  en el que se produjo la mayor gestión de desarrollo de la promoción de las Artes en nuestra ciudad, gracias a los anhelos infinitos de experimentación de aquellos jóvenes artistas y, muy especialmente, a la energía visionaria de figuras como Leonel Estrada, que, con la organización de las increíbles bienales de Medellín, lograron que, por primera vez, esta ciudad figurara en el mapa del arte mundial.
Las bienales fueron el primer gran paso de ruptura con el arte tradicional y de acceso al conocimiento de las nuevas tendencias universales.  Aparte de traer a la ciudad a importantes artistas americanos y europeos, estos eventos también se constituyeron en trampolín para el lanzamiento de artistas muy significativos de la generación de los grandes maestros de la Modernidad en Colombia.  Se logró, entonces, que, en nuestro medio, la pintura pasara de estar reducida al bodegón, el paisaje y la figura humana y se abriera a los conceptos contemporáneos. 
Como señala el crítico Germán Rubiano Caballero, esos fueron años de intensa discusión sobre la enseñanza artística a nivel universitario y sobre los criterios de lo que debían ser los museos, años en que llegaron al país ecos de grandes cambios sociales y culturales.  Por eso, de ese grupo de artistas y gestores idealistas, impregnados del espíritu de su tiempo, surgió la idea de la fundación del Museo de Arte Moderno de Medellín, la cual se llevó a cabo en 1978.  Muchos de ellos contribuyeron, además, a la creación de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional Sede Medellín y se consagraron a ser docentes, paralelamente ejercían su labor como artistas.  
Y no sólo la fundación de nuevos entes culturales fue decisiva para la consolidación de las políticas de promoción cultural del momento, sino también la conducción de los centros ya existentes, como la facultad de Artes Plásticas de la Universidad de Antioquia (desde 1963) y el Museo de Zea, dirigido en ese decenio por Teresita Peña Santa María, a quien también acudió Félix Ángel para la articulación de la investigación.    A partir de 1977, cuando se llevó a cabo la primera gran donación de obras de Fernando Botero al Museo de Zea, este pasó a llamarse Museo de Antioquia.
Uno de los entrevistados por Ángel, el escritor y columnista de EL MUNDO Darío Ruiz Gómez, en la ceremonia de presentación del libro, aseguró que los artistas de esa generación trazaron “Unos nuevos imaginarios, una nueva noción de lugar, una ciudad diferente, y lo han hecho con aquellas virtudes que Miguel Ángel exaltaba: la modestia, que nos permite una visión más amplia del mundo y de la vida, y la cortesía, que concede al espectador la inteligencia necesaria, para hacer de él un compañero de aventuras espirituales”.  Añade Ruiz Gómez que, en este caso: “Mirar hacia atrás no es mirar con ira, sino con esa deliciosa complacencia de quienes volcaron en el Arte todas sus obsesiones, fantasmas y quimeras y dejaron para la vida la permanente tarea de seguir haciéndose en lo humano”. 
El historiador del Arte Santiago Londoño Vélez comenta acerca de este nuevo aporte al acervo histórico de nuestra cultura: “Este reportaje polifónico reconstruye el rompecabezas de logros y fracasos de una generación que se empeñó en la modernización cultural de Medellín, cuando todavía era el centro económico de Colombia y empezaba a engendrar el narcotráfico. Demuestra que, aunque fue capaz de prosperar en materia económica, la ciudad no disfrutó de un desarrollo cultural equivalente; prefirió aferrarse a sus ficciones de origen y proteger falsas tradiciones con las que el poder alimenta el imaginario colectivo.  Casi 40 años después, los protagonistas confrontan sueños juveniles –de los que nacieron un museo y una facultad de Artes, donde buscaron refugio, como lo habían hecho, a su manera, los denostados antecesores-, evocan una bohemia romántica y los espejismos de la fama parroquial.  Ya en sus sueños maduros, algunos encontraron la lucidez, marginándose.  Y otros, que consiguieron abandonar la ciudad o idear formas expresivas que no atizaron contradicciones, llegaron al ‘sosiego poético’ de un éxito relativo.  Se trata de un documento único en su género, agudo y apasionado, fundamental para la historia del arte antioqueño y colombiano”. 
  
 
FÈLIX ÀNGEL
El peligro de no dejar memoria
 
El creador plástico y literario y director del Centro Cultural del BID, en Washington Félix Ángel, autor de « Nosotros, vosotros, ellos », ha accedido a escribir, como regalo exclusivo para los lectores de « Palabra y Obra », el siguiente resumen de las dificultades de su experiencia artística en los años 70, en Medellín, y de su trasegar por los caminos del arte, que lo llevaron a darse cuenta de la importancia de escribir este libro, como herramienta para dejar constancia de la importancia de su generación:
“Todo ser humano debería, aunque fuese por curiosidad, preguntarse en algún momento de su vida cuál es su obligación con la historia, cualquiera sea la parte de la misma que le toca vivir. No importa cómo se haga la pregunta, o cuán práctica o sublime, el acto de hacérsela uno mismo es una indicación de que el paso por la vida reviste una mínima dosis de humildad y consideración para con los demás. 
Sin una expectativa personal por tratar de ser mejor y tratar de cambiar las cosas para bien: asumamos que es así, la vida se reduce a quejarse por todo aquello que no podemos conseguir en forma diferente a lamentarnos, a estirar la mano, justificando la inacción y la desobligación, culpando a los demás de la desgracia de nuestra desventura pero nunca agradeciéndoles haber sido parte de nuestra felicidad. Quien se humilla para obtener lo que quiere, no puede entender lo que triunfar significa, aunque resiente a quien lo hace.
La realidad nos muestra, en cada momento, que vivimos rodeados de seres abyectos, inútiles, egoístas. Eso es lo común y corriente, es la norma de vida. En el peor de los casos, hay seres cuya función es destruir lo que otros tratan de construir, y en Colombia eso lo entendemos muy bien. 
Bien sabemos que hay demasiados seres humanos que se ajustan a ese perfil. Nuestro país es, desafortunadamente, dadivoso en ese aspecto. Por eso, además de otras cosas, tenemos la fama que tenemos -y de paso me disculpo con aquellos que se resisten a creer en lo contrario-.
Aún era muy joven cuando me di cuenta que había nacido en un país donde tener memoria es un peligro y hacer daño a los demás una forma de vida.  Ahogado en medio de montañas inhóspitas, cuya geografía matizada con una indolencia malévola bloquea el sol horas antes del ocaso para privarnos de una luminosidad que algunos siempre hemos buscado a sabiendas de su impracticabilidad, un día juré que tenía que irme de Medellín. Al hacerlo, me deshice de una serie de ataduras; la vida, y algunas personas, todavía están buscando la forma de cobrármelo. Para su desmayo, no he podido convertirme en un cínico y me considero un optimista. El destino, aunque ha sido cruel conmigo en mucho casos, también ha sido generoso, como una vez lo dijo mi amigo "Chuito" Díaz Caraballo, quien me invitó a exponer por primera vez en Puerto Rico y a quien debo agradecerle que el alcalde de esa urbe caribeña me honrase con las llaves de la Ciudad de San Juan, algo que a nadie en el lugar donde nací se le hubiera ocurrido.  
Todos tenemos una obligación con la historia. Grande o pequeña, la historia es lo único que nos da una referencia de nuestra transitoriedad en la dimensión de su inmediatez. La historia siempre ocurre en el presente; se repite, por lo general mal, pero no se devuelve, y para ella no existe el cielo, pero sí el infierno. La urgencia de aprovechar el tiempo que tenemos depende en parte de saber qué pasó con ese otro tiempo vivido dado que el nuestro tiene sentido en relación con el momento en que nos damos cuenta que existimos. Pero el tiempo nunca es nuestro; no sabemos con cuanto contamos o hasta cuando lo tendremos, así imaginemos que no es de nadie más. Lo mejor es, entonces, aprovecharlo tratando de hacer lo que queremos, sin dejar nada para mañana. El mañana tampoco existe. Solo existe la historia”. 
  
 
TESTIMONIO DE UNA ÈPOCA
LOS PROTAGONISTAS OPINAN
 
 GERMÀN BOTERO:
 
 “Ahora que tengo el libro en la mano y leo las entrevistas, además del espectacular prologo de Álvaro Tirado, entiendo la dimensión y la importancia de la propuesta de este libro.  Félix Ángel logra articular nuevamente un proceso que no se ha suspendido pero sobre el cual habíamos dejado de reflexionar.  Y no sólo se articula y cohesiona, sino que vamos llenando nuestros vacíos personales, con la mirada de nuestros compañeros.  Ahora, puedo ver esos años 70 más densos y sólidos.  Si logramos sobrevivir en el Arte, es por esa fuerza interior que ya estaba en nosotros, y que un medio hostil no logró doblegarla sino, al contrario, fortalecerla. Para mí, ha sido conmovedor este llamado de atención, a reflexionar, y estoy seguro  de que este hilo temporal que se ha creado nos ayudara en el camino”
 
   
RONNY VAYDA:
 
“Hay que agradecer a Félix por no dejar pasar estos años en vano, en el vacío,  en ese olvido  propio de nuestra holgazana generación. Este es un claro testimonio que explora,  con sus protagonistas, el misterio de la creación y la eterna búsqueda de la belleza. Lo importante también es que, hoy día, los jóvenes son cómplices de nosotros, porque nosotros pertenecemos a la comunidad, a Medellín, y, de alguna manera, surgimos como artistas en Medellín, a pesar de que hubiéramos trascendido las fronteras.  Aquí fue donde tuvimos las primeras experiencias y el grupo como tal se consolidó ».
 
ÀLVARO MARÌN:
«Este libro me parece extraordinario, porque cierra o abre una época histórica que hace mucha falta en la ciudad.  Creo que Félix se merece un reconocimiento muy grande, porque esto hace que nosotros tengamos memoria ».
ANÌBAL VALLEJO:
 
“El día del lanzamiento del libro, la presencia en el auditorio lleno es suficientemente significativa.  No es fácil lograr tal audiencia.
Confrontando las distintas opiniones, pueden derivarse otros trabajos que de pronto alguien se mida  a hacer. Sobre todo, teniendo en cuenta que las entrevistas fueron individuales, aisladas, sin relaciones personales de quienes no nos veíamos desde muchos años atrás. Esta es una edición sobria, pulcra y de contenido diciente: para formar opinión. No es lo mismo contar los procesos en forma directa que por interpuesta persona, sobre todo cuando hay carga emotiva”.
 
HUMBERTO ECHAVARRÌA:
 
«Hay que destacar que Félix hubiera escrito este libro, porque él era la persona más conocedora de todo el mundo artístico de la década de los 70, en nuestro medio. Él lo vivió y lo expresó.  Es importante que Félix lo haya hecho, porque él tiene el don de escribir, que nosotros, los demás artistas, tal vez no tenemos ».
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